miércoles, 31 de marzo de 2010

Puentes

"...en 1929, Edwin Hubble hizo la observación crucial de que, donde quiera que uno mire, las galaxias distantes se estan alejando de nosotros..."
Historia del Tiempo, Stephen Hawking

Puentes.
¿Has sufrido alguna vez la sensación de soledad que provoca ver que el barco no es siquiera un punto imperceptible en el horizonte; que definitivamente ha caido del otro lado?

A lo largo de la vida se han ido alejando objetos, personas, afectos, sueños; es absolutamente natural, me han dicho, las galaxias se alejan unas de otras, ergo, todo se aleja de todo. Pura mierda científica -pensé-. Es evidente que lo que abruma de la distancia es desconocer su magnitud, el resto es calzarse cómodamente y andar. Es hora de salir a buscar nuestras cosas y traer todo lo que nos quepa en los bolsillos.

Habrá cosas que no podremos traer para tener sobre la mesa, viviendo a la vuelta de la esquina o palpitando en nuestro corazón. Con ellas hay que construir un puente. Un puente, una distancia fija. Al fín, si estás del otro lado del puente, sólo queda calzarme cómodamente y andar la distancia.

Pontem Facere
Hacer puentes no es un desafío. Es sólo lo que hay que hacer.

PD: este texto me lo envió mi querida A.A. Dice que es mio. Como un hijo pródigo, lo recibo.

sábado, 27 de marzo de 2010

El orden

Patio de parras - El orden
Del fatigoso trabajo de poner las cosas en orden, Catalina Zubiría hizo su profesión. Era muy chica cuando la botella siempre vacía de su padre la empujó a las casas de familia para poder mantener a sus hermanitos. Y comprar más y peor vino para su padre para que los golpease un poco menos.

Lo primero que le dijeron es que ponga las cosas en orden en el cuartito del fondo, y así se ganó su primera platita, como ella decía. La casa era antigua, de esas de techos altos, pisos ajedrezados, patines de lana para el piso de madera y chicas que vienen una vez por semana para ayudar a la señora a mantener todo limpio en semejante caserón, que ya quedó un poco grande desde que los chicos se fueron: la hija menor, bien casada al Canadá con un odontólogo más bueno que no se qué, la otra, bueno, tuvo un problemita de salud y el varón que se fue a Buenos Aires a estudiar, consiguió un trabajito en un estudio jurídico y se quedó allá, vive con un amigo, de vez en cuando llama por teléfono.La del problemita de salud, en realidad estaba presa en Mar del Plata por matar a un tipo del que se encontraron partes del cuerpo en la playita de la laguna comido por la fauna. En algo raro andaba. Pueblo chico.

Ordenemos (diría Cata). El asunto es que la mandaron a ordenar el cuartito del fondo. Caminó por la galería sombreada por la parra, luego por unas baldosas como torpes miguitas gigantes puestas mas o menos graciosamente, excusas para no pisar el barro. La piecita del fondo era grande como su casa, era de material (no como su casa) y estaba hecho un completo desastre. Buena parte de la pared de la derecha sostenía estantes de madera en los que se apoyaban decenas de frascos transparentes de todos los tamaños; Catalina recordó los frascos de conserva y de puré de tomates que su madre preparaba antes de irse al cielo con la abuela, de quien lo contaron que para su nacimiento trajo como regalo un pote de crema exfoliante y un babero. Sacó los frascos de a uno, los limpío, con todo cuidado los llevó afuera. Eran veintitres recipientes. Debía tomar una decisión y lo hizo. Allí nació la profesional, allí en ese acto de tomar la mejor decisión para el caso, sin que tiemble el pulso, deteniéndote a pensar en las posibilidades pero sin demorar el acto. Por contenido, por tamaño, por cantidad, por color, por frecuencia de uso. Tachó variables. Se quedó con la poca información que tenía: por contenido o por tamaño. Decidió que por tamaño, de menor a mayor, de arriba hacia abajo, porque es más facil bajar frascos chicos del estante alto. Secretamente, al subconjunto de cada tamaño de frascos, les dio un sub-orden de segunda escala, íntimo, menos evidente, pero fundamental para distinguir su trabajo de los demás. De izquierda a derecha, de arriba a abajo, quedó así:
  1. testículo*; 
  2. nuez; 
  3. ojo*;
  4. ojo*;
  5. tabique nasal (porción) y nariz (porcíón);
  6. oreja derecha;
  7. oreja izquierda y mechón de pelos;
  8. pene;
  9. meniscos (ambos);
  10. lengua con nervio hipogloso;
  11. coccyx y sacro;
  12. parte del radio;
  13. colección de nueve falangines de miembros superiores;
  14. peritoneo (porción) y mesenterio (porción);
  15. temporal derecho;
  16. tendón de aquiles (porción);
  17. lumbares (cinco);
  18. cervicales (siete);
  19. biceps crural derecho;
  20. cerebro y mechón de vello púbico;
  21. cráneo (sin temporal derecho);
  22. intestino (cuatro metros aprox);
  23. materia fecal (cinco kilos aprox).

    * En los casos de los ojos y del testículo, no fue posible la certeza izquierdo-derecho.

    Padre confieso

    Peinó su cabello frente al espejo. A pesar de que sus ojos reales estaban clavados en sus ojos reflejados el esmero automatizado de quince años repitiendo el ritual, le dieron la forma indicada. Usó spray. Estaba pálida y por ello resolvió darle un poco de color a sus mejillas; usó un polvo mas claro para su frente y un poco de rush le dieron vida a su boca permanentemente callada.

    No había besado ni permitió que otro la tomase desde que Antonio partió. No había vuelto a hablar con varón alguno, salvo con el padre Augusto con quien se confesaba en Santa Rosa de Lima, apenas murmurando siempre el mismo pecado: cierto desamor por Dios. Rezaba la penitencia en silencio.

    Se puso un vestido verde esmeralda que había usado aquel día. Sus hombros lucían la misma altura de hace quince años. Se calzó zapatos de taco chino y tomó una cartera pequeña, negra. Dentro, la billetera, una carta, las llaves y un revolver pequeño con el tambor completo.

    - Padre, perdóneme porque he pecado. Mi última confesión fue el martes pasado. He vuelto a faltarle al primer mandamiento. Me cuesta mucho querer a alguien que sólo tiene para mí, tristezas y soledad. Odio a Dios, quiero matarlo. No hay en mi otro sentimiento. Usted sabe bien padre que hace quince años yo confesaba fornicación todos los días, pero mi penitencia fue demasiado dura: el abandono. Y hoy quiero confesar otro pecado padre: malos pensamientos.

    - ¿Qué clase de malos pensamientos hija?

    Pero Luisa ya no estaba. Sólo se levantó del confesionario y se fue.


    Cuando lo vió salir por la puerta del penal con el mismo traje del día del juicio, ella le confesó que si él no hubiese sido un cobarde, que si hubiese seguido cumpliendo con su rol de hombre en la cama, ella nunca lo habría denunciado. Luisa sacó su arma del bolso, apuntó al corazón de Antonio y disparó. Fue condenada a quince años por asesinar a su padre.